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La casa del silencio (thriller)

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La Prueba (fantasía)

El joven arquero llegó a los límites del reino de Malvus. Cruzó un arroyo y se internó en el Bosque Sombrío. Allí vivía la Bruja de Cascabel. Debía matarla y llevar su corazón al rey.         El atardecer pintó de dorado el paisaje. El arquero caminó por un sendero sinuoso, flanqueado por espesa vegetación. Los únicos sonidos eran sus pisadas y el susurro del viento, hasta que escuchó un grito.         Corrió hasta un claro y descubrió a una muchacha que estaba rodeada por tres lobos. Tensó su arco, pero no fue necesario disparar. Las bestias detectaron su presencia y huyeron.         Su nombre era Ava, tenía una corta cicatriz sobre su párpado izquierdo. Estaba agradecida por su valentía. La acompañó hasta su cabaña y se despidieron, pero durante la caminata, cruzaron miradas y sonrisas.           El rey le había prometido diez monedas de oro por el corazón de la bruja. Si lo conseg...

Todavía estoy allí (fantasía)

En ese risco, sudando, con la lanza temblando. Todavía la miro, aunque ya había perdido su amor… para siempre. Cuando cumplí catorce años, no tenía idea de lo qué quería ser. A veces me pregunto si algún día descubriré para qué sirvo. En aquella época, me conformaba con pasar el tiempo con mi mejor amiga: Alis Vaena . Éramos la segunda generación nacida en Lubus , un planeta seco que orbitaba las estrellas dobles de Alfa Centauri . El aire era respirable, pero tenía una textura distinta según me había contado mi abuelo. Nos encantaba recorrer el Desierto de la Muerte : una tierra de arena finísima, color ocre, salpicada de rocas y elevaciones. Desde esas alturas, veíamos cómo los dos soles se ocultaban en el horizonte. Era un espectáculo increíble: los colores desaparecían, y solo podías ver en rojo y negro. Le habíamos puesto ese nombre para añadirle dramatismo, aunque en realidad no es un lugar peligroso… salvo que hiciéramos alguna estupidez. Hace miles de años, el planeta fue habi...

El último atardecer (sci-fi)

El sol de la tarde de verano golpeaba sin clemencia los campos sembrados, y las aves se refugiaban en los charcos que la lluvia nocturna había dejado como espejos en la tierra. Ese paisaje, tan sereno en apariencia, era atravesado por Theo, desbordado en su carrera. Sus piernas ya no le respondían, y su corazón parecía un tambor a punto de romperse. En sus brazos cargaba al viejo Chispa, un white terrier que respiraba con dificultad. Al pasar junto a un contenedor de semillas abandonado, Theo pensó en detenerse, en esconderse allí, pero la intuición lo empujó más lejos. A doscientos metros divisó un granero torcido , con el techo vencido y las paredes inclinadas. —Eso está mejor —murmuró a Chispa. Llegó exhausto, la boca seca, el cuerpo empapado en sudor. El granero carecía de puerta, así que se lanzó dentro y buscó un rincón oscuro, donde la luz no alcanzaba. Chispa resopló, estirando el cuello para escuchar lo que ocurría afuera, pero Theo lo contuvo. —Shhh, tranquilo amigo —...

Estrella de medianoche (melancólico)

El taxi tomó la Ruta 205 rumbo al aeropuerto de Ezeiza . Miré por última vez el camino por el que tantas veces viajé al centro. Los carteles mostraban a una chica linda apretando un pomo de mayonesa, un perro corriendo hacia su comida y un hombre que no me inspiraba confianza postulándose a diputado. Suspiré y cerré los ojos. Apoyé la cabeza en el cristal de la ventana y me acomodé en el asiento. —¿Te vas de vacaciones? —preguntó el chofer. Esperé para contestar. ¿Por qué le interesaba? No conocía a ese tipo. ¡Y si estaba en complicidad con delincuentes para robar los euros que llevaba encima! Lo observé. En el tarjetón identificatorio que llevaba colgado, la foto coincidía con su cara. Sacudí con disimulo la cabeza para despabilarme y me senté erguido. Estaba pensando pavadas, como siempre. —A Madrid . Ojalá no me equivoque en esta aventura de emigrar —respondí. Giró la cabeza para mirarme y sonrió. —¿Por qué te vas? Si todo está bien por acá. Levanté los hombros y los bajé. No supe ...