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Laberinto (terror/suspenso)



Era de noche cuando Robledo llegó a la calle Esmeralda. Se detuvo a pocos metros de un agente de policía. Apoyó la espalda contra la pared y esperó a recuperar la respiración. Miró hacia ambos lados. Al cerrar los ojos revivió la escena: dos ladrones lo habían detenido a dos cuadras de allí. Había doblado mal y entrado en una calle oscura, impregnada de olor a orines, como el de un baño de estación.

Dos figuras surgieron de la nada y le exigieron lo que llevaba encima. Uno de ellos sacó un objeto filoso; el frío del metal le rozó el estómago. En los bolsillos guardaba trescientos pesos: doscientos cincuenta para pagar a la prostituta y el resto para comer. Apretó los dientes, recordando la semana entera cargando bolsas en el mercado hasta que la espalda le gritaba de dolor. Todo ese esfuerzo para reunir ese dinero.

De pronto lanzó una patada en la entrepierna al más bajo y empujó al que blandía el cuchillo. Echó a correr como un caballo desbocado, hasta que los pulmones le ardieron como brasas. Cuando logró recuperar el aliento, metió la mano en el bolsillo: aún tenía el dinero. El policía ya no estaba. Respiró hondo. “Que roben a otro infeliz”, pensó, y se encaminó a buscar un prostíbulo.

En el trabajo le habían advertido que tuviera cuidado con las extranjeras. Algunas venían de la guerra o de tierras extrañas y decían que disfrutaban morder la carne hasta saborear la sangre.

Caminó hasta detenerse frente a una puerta angosta. Un cartel colgado del marco decía Laberinto. Sonrió; sus ojos brillaron. Tras la entrada se extendía un pasillo iluminado con luces rojas. El piso alfombrado liberaba, a cada paso, un olor a humedad vieja mezclada con mugre. “Estos lugares son así”, pensó, y siguió internándose.

El pasillo terminaba en una puerta pesada. Robledo golpeó tres veces. Al abrirse apareció un hombre musculoso, de rostro duro, que lo observó de arriba abajo sin pronunciar palabra.

—Vengo por las chicas —dijo Robledo, tragando saliva y escondiendo las manos en los bolsillos para que no se notara el temblor.

El hombre lo dejó pasar y se quedó junto a la entrada, vigilando. Con un gesto le indicó un sofá. Una luz perpendicular caía sobre una mesita con un par de vasos; el resto de la sala permanecía en penumbras. Robledo se sentó. Una música pegajosa de piano lo envolvió. Un ruido áspero, como algo raspando la pared, lo hizo girar la cabeza. No vio nada. Cruzó los dedos sobre las piernas y esperó.

Resopló y se acomodó en el sofá. Entonces, de la oscuridad emergió una joven envuelta en un vestido negro traslúcido, que apenas ocultaba la silueta desnuda. Los ojos de Robledo se abrieron; un calor súbito le recorrió el cuerpo, tensándole los músculos.

—Hola, soy Lara. Eres nuevo en Laberinto —dijo la joven con un acento extraño—. Aquí te vas a divertir. Ven, sígueme.

Caminaron por un pasillo largo, doblaron en una esquina y continuaron avanzando. Las paredes estaban pintadas de color bordó y las luces apenas iluminaban, un poco más que la llama de una vela. El aire era pesado; en varias ocasiones Robledo tuvo que tomar bocanadas profundas, como si se estuviera ahogando.

 —Esto sí que es un verdadero laberinto —murmuró con una sonrisa—. ¿Te pago ahora? —preguntó, pero la joven no respondió.

Al final del pasillo apareció una puerta de madera oscura. Lara la abrió y reveló una habitación. Una cama con sábanas extendidas recibía la luz directa de un foco en el techo. A un costado, un mueble alto sostenía toallas dobladas y una botella de agua. Las paredes quedaban ocultas en la penumbra.

 —Acomódate en la cama, ya vuelvo —dijo Lara.

Robledo entró y la puerta se cerró detrás de él. Caminó con pasos cortos hasta la cama y se dejó caer sobre ella. Pasó las manos por las sábanas y luego las acercó a la nariz: el aroma le recordó la tela áspera de las bolsas de verdura. Revisó con cuidado, buscando manchas o cabellos sueltos.

Miró alrededor, pero fue inútil: apenas se distinguía algo. Se puso de pie y caminó junto a las paredes, tanteándolas con las manos y probando el suelo con los pies. Descubrió que estaba solo, sin ningún observador oculto. Su cuerpo se relajó y volvió a la cama. Se acostó, esperando el regreso de la joven.

Alzó la vista hacia la luz del techo; lo cegó por un instante justo cuando la puerta se abrió. Entró una mujer y se colocó de espaldas a él mientras acomodaba objetos sobre el mueble alto. A causa del encandilamiento, no pudo distinguir con claridad quién era.

—¿Falta mucho para que venga la chica del vestido negro? —preguntó. 

La mujer no respondió y continuó con su tarea.

Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, alcanzó a distinguirla: llevaba una bata de tela gruesa que le cubría hasta las pantorrillas. Eran robustas, y sus pies estaban descalzos, con los talones manchados de tierra. Su cuerpo era ancho, pesado como un barril. La cabellera negra, sin brillo, caía sobre su espalda.

Robledo apoyó los codos en la cama y tensó los músculos, listo para saltar si era necesario. En ese momento, un olor penetrante invadió la habitación: le recordó la carne podrida del mercado.

—Perdón por la espera. Ya estoy contigo —se escuchó decir a la joven desde el pasillo.

La mujer corpulenta dejó los objetos sobre el mueble alto y salió por la puerta. Segundos después, la joven del vestido negro entró en la habitación.

—¿Quién era la que estuvo aquí? ¡Estaba sucia y tenía un olor terrible!

—Esa es Nacha. Lleva como cien años en este lugar —respondió Lara con una carcajada—. Cuando la conozcas, te darás cuenta de que es muy buena.

Robledo hizo una mueca, pero no dijo nada. Permaneció acostado, con los codos apoyados en la cama. La joven colocó sus manos sobre sus hombros y lo empujó contra el colchón. Luego se subió a la cama y se sentó sobre él, doblando las piernas a cada lado.

—Estás tenso. Relájate —susurró Lara mientras le masajeaba los hombros—. Vas a estar conmigo para siempre.

La luz del techo le daba directamente en los ojos, y el rostro de Lara permanecía oculto en la oscuridad. Entonces volvió a percibir el hedor a carne podrida: era el aliento de la joven.

Lara comenzó a moverse de manera espasmódica, con un vaivén ondulante. Sin previo aviso, se lanzó a besarle el cuello a Robledo. La piel no recibió el roce suave de unos labios, sino la succión brusca de una boca, como una ventosa.

En ese instante recordó lo que le habían dicho sus compañeros sobre las extranjeras. Colocó las manos sobre el pecho de Lara y la apartó. Al despegarse, su boca emitió un sonido húmedo, semejante al de una botella de champaña al destaparse.

—¿Qué te pasa? —gritó Lara.

Robledo apoyó las manos en la cama y se incorporó, mientras sus piernas buscaban el suelo. La joven también descendió de la cama.

—Me voy. No quiero nada.

Lara cruzó los brazos y esbozó una sonrisa burlona. Robledo salió por la puerta con pasos largos por el pasillo. Sacó un pañuelo del bolsillo y se frotó el cuello. Luego lo revisó: estaba limpio.

El pasillo no tenía puertas en las paredes. La agitación de Robledo se apaciguó: no podía equivocarse, al final estaría la salida. En la penumbra alcanzó a ver una puerta. Imaginó que detrás lo esperaría el hombre musculoso, al que tendría que darle el dinero. “Qué me importa. Solo quiero salir de aquí”, se convenció.

Abrió la puerta y descubrió que había caminado en círculo. Frente a él estaba Lara, apoyada en la cama, con el rostro inclinado hacia adelante y los ojos levantados, pegados contra los párpados superiores, como si lo observara desde abajo. Robledo también notó su sonrisa.

—Vamos a estar juntos para siempre. ¿Te parezco fea? —dijo la joven.

Robledo cerró la puerta de un golpe y volvió a marchar hacia lo que creía la salida, pero otra vez encontró la misma habitación. Al abrir la puerta, Lara ya no estaba. Entonces escuchó a sus espaldas un sonido áspero recorriendo la pared, como si unas uñas la arañaran. Robledo contuvo la respiración. Giró el rostro y vio a Lara acercándose, pero no caminaba: sus pies no tocaban el suelo y sus manos extendidas a ambos lados eran el origen del ruido.

El corazón de Robledo golpeaba con fuerza en su pecho. Entró en la habitación de un salto y cerró la puerta, bloqueándola con su propio cuerpo. Segundos después, las uñas de Lara rasparon la madera; a Robledo le parecía que le arrancaban las entrañas.

—Déjame entrar. Si quieres tenerme entre tus brazos… —susurró Lara con voz aterciopelada.

Gotas de sudor rodaban por su frente y su espalda. De su boca emanaba el mismo hedor a carne podrida. Se mordía los labios para no gritar. El silencio se volvió pesado, amenazante, hasta que volvió a escuchar la voz de Lara, esta vez dentro de la habitación.

Robledo gritó como un niño soltando todo el aire contenido. Su cuerpo atravesó la puerta sin abrirla, sin romperla. Detrás, la joven lanzó una carcajada.

Robledo cayó al suelo y se arrastró de espaldas, empujándose con manos y piernas. La alfombra lo retenía como un abrojo. Lara atravesó la puerta y dijo:

—¿Todavía crees que estás vivo?

Las imágenes lo golpearon como granizo de invierno: los ladrones en la calle, el cuchillo hundiéndose en su estómago, la sangre empapando su camisa y sus pantalones. Robledo abrió la boca y sus ojos se clavaron en los de Lara.

—Bienvenido a Laberinto —dijo ella.

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