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El último atardecer (sci-fi)



El sol de la tarde de verano golpeaba sin clemencia los campos sembrados, y las aves se refugiaban en los charcos que la lluvia nocturna había dejado como espejos en la tierra.

Ese paisaje, tan sereno en apariencia, era atravesado por Theo, desbordado en su carrera. Sus piernas ya no le respondían, y su corazón parecía un tambor a punto de romperse. En sus brazos cargaba al viejo Chispa, un white terrier que respiraba con dificultad.

Al pasar junto a un contenedor de semillas abandonado, Theo pensó en detenerse, en esconderse allí, pero la intuición lo empujó más lejos. A doscientos metros divisó un granero torcido, con el techo vencido y las paredes inclinadas.

—Eso está mejor —murmuró a Chispa.

Llegó exhausto, la boca seca, el cuerpo empapado en sudor. El granero carecía de puerta, así que se lanzó dentro y buscó un rincón oscuro, donde la luz no alcanzaba.

Chispa resopló, estirando el cuello para escuchar lo que ocurría afuera, pero Theo lo contuvo.

—Shhh, tranquilo amigo —le susurró, acariciando su lomo. El perro gimió con un sonido agudo, casi infantil.

La tensión se aflojó apenas un instante, y entonces Theo comenzó a temblar. Comprendió que la muerte lo había rozado hacía unos minutos, y que su única respuesta había sido correr.

Una hora antes, él y Chuck, su socio de toda la vida, reparaban los alambrados del campo recién comprado. Theo sería el encargado de la siembra futura; Chuck, el espíritu inquieto, el que arriesgaba. Sin su empuje, Theo seguiría sirviendo hamburguesas en el negocio de su tío.

El trueno los sorprendió antes del atardecer. Chispa ladró con su tono agudo, y un objeto en llamas cayó del cielo, abriendo la tierra a un kilómetro de distancia. El suelo vibró bajo sus pies.

—¡Un meteorito! —gritó Chuck—. Dejemos todo y vamos a verlo.

—Mejor no. Dicen que pueden ser reactivos, o tóxicos. Avisemos a la policía —respondió Theo.

Pero Chuck ya sonreía con esa emoción que lo definía. En menos de un minuto, ambos estaban en la pick-up, con Chispa en la caja, rumbo al impacto.

Detuvieron el vehículo al borde del cráter. Dentro, cabría una casa con piscina. Se acercaron a pie, sin descender, y vieron la esfera metálica del tamaño de un automóvil compacto, aún humeante, con un olor penetrante a pasto y tierra quemada.

—¡Bajemos! —dijo Chuck. Theo intentó detenerlo, pero terminó siguiéndolo, inseguro. Chispa ya se había adelantado con la cola en alto.

De cerca, la esfera no parecía un meteorito. Los símbolos grabados en su superficie evocaban una civilización antigua, desconocida.

—La semana pasada, un astrónomo aficionado dijo haber visto objetos orbitando la Luna —recordó Theo—. El observatorio lo desmintió, dijeron que buscaba publicidad.

—Otra conspiración más —rió Chuck.

Entonces, un sonido metálico, como un mecanismo desbloqueándose, emergió del interior. La esfera se abrió en dos, revelando un módulo, una nave.

Theo y Chuck quedaron inmóviles. Chispa ladraba sin descanso, retrocediendo.

Del interior surgió un ser. Su cuerpo era humanoide, musculoso, pero su rostro recordaba al de un pez: rígido, inexpresivo, con ojos pequeños y negros. No llevaba traje; estaba desnuda.

Chuck levantó la mano en saludo.

—Hola, ¿te encuentras bien? —preguntó.

Ella no respondió. Cerró los ojos, alzó el rostro y aspiró el aire cálido del atardecer. Sus orificios nasales se dilataron, generando un sonido interno semejante a un torbellino.

Theo observaba desde atrás. Chispa ya no ladraba, pero chasqueaba los dientes, preparado.

La criatura abrió los ojos y los fijó en el perro. Entreabrió la boca, mostrando una hilera de dientes blancos y afilados. Chispa retrocedió como si lo hubieran quemado.

Theo vio a Chuck dar un paso atrás, intentando no llamar la atención.

—Me parece que esto no es un astronauta —alcanzó a decir.

Ella giró la cabeza hacia él y emitió un gruñido agudo. Chuck corrió, pero la criatura fue más veloz. Se lanzó sobre su espalda, lo derribó y mordió su nuca con furia. Los alaridos de Chuck se mezclaron con el desgarramiento.

Theo quedó paralizado, como si mirara la escena desde un túnel oscuro. Tenía microsegundos para decidir: pelear o huir. Su instinto eligió lo segundo.

Escaló la pared del cráter y corrió hacia la pick-up, pero las llaves estaban en el bolsillo de Chuck. Entonces se lanzó hacia la ruta, a cinco kilómetros de distancia. No era deportista, dudaba de llegar. Recordó a Chispa. Se detuvo, giró, y vio al perro corriendo detrás, sin alcanzarlo.

—¡Ven! ¡Rápido! —le gritó, extendiendo los brazos. El animal saltó hacia él.

-- o --

Dentro del granero, Theo había recuperado fuerzas y sus latidos volvían lentamente a la normalidad. La oscuridad, poco a poco, cubría las paredes. Solo faltaban dos horas para que el sol alcanzara su ocaso.

Parte del techo se había desplomado, permitiendo ver el cielo. Pero lejos de ser un alivio, la visión le apretaba el pecho: a lo lejos, bolas de fuego se precipitaban hacia la tierra. Segundos después, creyó percibir vibraciones leves en el piso; los objetos ya habían tocado suelo.

No pudo evitar pensar que, si moría, nadie lo notaría. Ni siquiera mantenía buena relación con la familia de su tío. Solo le quedaba Chispa: su única familia.

—Si voy a morir, será luchando —se dijo, mientras mantenía al perro entre sus brazos para que no ladrara ni hiciera ruido. Buscó algún objeto pesado o puntiagudo para defenderse.

Un olor picante lo alertó. Debajo de unas lonas cubiertas de polvo descubrió decenas de envases viejos de fertilizantes prohibidos, cargados de amoníaco y fosfatos.

Finalmente dio con una barra de metal, lo bastante ligera para manipularla. Esbozó una sonrisa por su suerte, justo cuando Chispa resopló. Alguien se acercaba al granero: se escuchaban pisadas lentas y una respiración semejante a un torbellino discordante. Ella lo estaba buscando.

El corazón de Theo parecía querer escapar por su boca, pero quien salió despedido fue Chispa. Se soltó de sus brazos y corrió hacia la puerta, ladrando con fuerza, como si su última voluntad fuera protegerlo.

Theo no encontraba fuerzas para enfrentar al depredador, ni siquiera para mirarlo de frente. Se quedó a un costado de la entrada hasta que la criatura tomó al perro y lo arrojó contra restos de madera y metal. El gemido profundo de dolor fue suficiente para empujarlo a salir como una tromba hacia la amenaza.

Corrió acompañado de un grito de guerra.

—“¡Aaaahhhh!”

Levantó la barra de metal sobre su cabeza. La bajó con furia contra la criatura, pero ella, con reflejos veloces, le arrebató el arma de un zarpazo. Theo quedó sorprendido; no había supuesto que sería así. De un salto se zambulló de nuevo en el granero, mientras la criatura lo seguía y chocaba contra escombros. Esa colisión le dio unas décimas de ventaja: comenzó a arrojar cualquier cosa que encontraba. Hasta que tomó un envase de fertilizante y lo lanzó. El recipiente se partió contra el cuerpo de la bestia. Al principio nada ocurrió, y Theo corrió hasta el fondo del granero. Allí quedó acorralado, con los puños en alto, listo para lo inevitable. Entonces el ser caído del cielo comenzó a sacudirse en el piso y a chillar con un sonido agudo y penetrante.

Theo comprendió que los químicos podían estar dañándola. Sin pensarlo más, saltó por encima de la criatura, tomó otro envase y lo arrojó, derramando su contenido. La bestia se retorció hasta que lentamente pareció morir de asfixia. Minutos después quedó inmóvil, sin señales de respiración. 

¿Acaso alguien enviaba a esos seres para que se reprodujeran y los humanos fueran su alimento?, se preguntó sin respuesta posible.

El joven sobreviviente, recobró la conciencia y, como un rayo, lo atravesó la pregunta: “¡Chispa! ¿Dónde estás?”.

Theo salió deprisa del granero. Afuera, el sol descendía y teñía de dorado el paisaje con sus últimos rayos.

—¡Chispa! ¡Chispa! —gritó, llamando a su valiente amigo. Entonces escuchó un gemido proveniente de un tanque de metal arrumbado al costado del granero.

Se asomó y encontró al perro malherido, esforzándose por mantenerse a flote en el agua maloliente del fondo. Estiró los brazos y lo tomó.

—Ven aquí, amigo… ufff, qué mal hueles —murmuró, revisándolo. Notó que tenía dificultad para caminar.

Calculó que, cuando cayera la noche, ya estaría en la ruta y algún automovilista podría darle un aventón hasta el pueblo, donde curarían a Chispa y daría aviso de lo sucedido.

Sabía que esa noche no dormiría; solo esperaba que al día siguiente el mundo continuara siendo como lo conocía.


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