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Estrella de medianoche (melancólico)




El taxi tomó la Ruta 205 rumbo al aeropuerto de Ezeiza. Miré por última vez el camino por el que tantas veces viajé al centro. Los carteles mostraban a una chica linda apretando un pomo de mayonesa, un perro corriendo hacia su comida y un hombre que no me inspiraba confianza postulándose a diputado. Suspiré y cerré los ojos. Apoyé la cabeza en el cristal de la ventana y me acomodé en el asiento.

—¿Te vas de vacaciones? —preguntó el chofer.

Esperé para contestar. ¿Por qué le interesaba? No conocía a ese tipo. ¡Y si estaba en complicidad con delincuentes para robar los euros que llevaba encima!

Lo observé. En el tarjetón identificatorio que llevaba colgado, la foto coincidía con su cara. Sacudí con disimulo la cabeza para despabilarme y me senté erguido. Estaba pensando pavadas, como siempre.

—A Madrid. Ojalá no me equivoque en esta aventura de emigrar —respondí.

Giró la cabeza para mirarme y sonrió.

—¿Por qué te vas? Si todo está bien por acá.

Levanté los hombros y los bajé. No supe qué contestar, solo un “Psss”. De pronto pasamos por una gran extensión de tierra donde se había levantado un barrio privado con casas cuadradas, ventanas enormes y ese estilo minimalista que estaba tan de moda.

—¿Esta zona se llama Humberto Savio? —pregunté al chofer.

—Sí —respondió, sin quitar los ojos del camino.

—¿Sabés que cuando era pibe vine a bailar por acá con dos amigos? —dije.

El chofer solo levantó las cejas. No dijo nada.

—Detrás de ese barrio hay otro paisaje. Te juro que cierro los ojos y aún puedo escuchar la música, oler el humo de cigarrillos, perfume barato y sudor, mucho sudor —dije mientras tiraba mi cabeza hacia atrás y me sumergía en un líquido espeso que era mi pasado.

—¿Estaba bueno el lugar? —preguntó el chofer.

Mi cuerpo volvió a hundirse en el asiento como si hubiera caído del cielo. Abrí los ojos y miré el piso del taxi. Apreté mi pecho con la mano. Mi corazón se había detenido por una promesa que no cumplí.

—Todo empezó con un rumor. Fue hace diez años. Mi amigo Bruno vino con el dato: en Humberto Savio había un lugar que se llamaba Uno Disco, donde las chicas eran lindas y menos exigentes. Me acuerdo que saltaba y se frotaba las manos sobre mi cabeza llena de rulos. Estaba como loco. Me decía: “Petisooo, vas a dejar de ser virgen”.

El chofer largó una carcajada profunda y, con la mirada, me pedía que siguiera.

—Éramos tres. Se había sumado Matías. Se peinaba el jopo a cada rato con un peinecito, pero era verano y con la transpiración no se quedaba parado. Yo me había puesto una imitación de chomba Lacoste que me había regalado mi tía. La tela era gruesísima y estaba empapada. Nos tomamos el colectivo 503. No sabíamos dónde teníamos que bajar, pero Bruno le pidió al colectivero que le avisara. A la hora gritó: “¡Bajan acá!”.

—¿Y estaba bueno el lugar? —preguntó el chofer.

—La calle era de tierra. De un lado, un basural con un perro muerto. Estaba hinchado como un globo y unos pibes le tiraban botellas rotas para reventarlo. Del otro lado, un descampado con un galpón de chapa en el medio. Tenía un cartelito chiquito que decía Uno Disco.

—¡Uauu! ¿Bajaron?

—Miramos y dudamos, pero Bruno tenía los ojos llenos de esperma de la calentura. Dijo: “¡Ahí están las chicas!”, apuntando con el dedo la entrada del galpón. Nos bajó a los empujones. Era cierto, había un montón de gente, pero no vi tantas chicas.

El chofer se reía tanto que tuvo que volantear, o se llevaba puesto un camión que venía de la mano de enfrente.

—Cuando llegamos a la puerta —continué relatando— dos pibas se peleaban por un pibe. Él estaba parado en el medio con cara de inocente. Una tiró un manotazo y se trenzaron de los pelos, cayendo a la tierra. Se revolcaban como dos animales levantando polvo. Los autos eran viejos, con escapes sin silenciadores, llenos de luces y alerones para parecer deportivos. Nos miraban raro. Se dieron cuenta de que no éramos del barrio. Hablaban entre ellos y se reían de nosotros. El que más llamaba la atención era Matías: era el único rubio con flequillo, porque el jopo se había desarmado. Yo miraba el piso y caminaba rumbo a la puerta. En un momento levanté la cara y crucé la mirada con una chica. Me pareció hermosa, tenía un mechón de pelo teñido de rojo, pero no quise seguir mirándola por si estaba con su novio celoso.

—¿Pero el dato que tenía tu amigo era cierto? —preguntó el chofer. Sus ojos brillaban, apretaba el acelerador, quería saber más.

—Entramos a Uno Disco. Bruno se reía y miraba para todos lados mientras improvisaba unos pasitos de baile. La música era tan fuerte que te levantaba del piso. A Matías ya no le preocupaba el jopo: tenía las manos en los bolsillos y buscaba con la mirada los baños. Imagino que ese lugar habrá sido un corral de ganado, era largo y no se veía el fondo de la gente que había. La barra de tragos estaba improvisada con troncos y el piso cubierto con una arpillera de plástico; abajo estaba la tierra. Atrás nuestro entró un grupo de pibes y pibas. A Bruno le pegaron con el hombro en la espalda y casi se cae. Ellos continuaron caminando y se mezclaron con la gente. Se perdieron entre la oscuridad y los destellos de luces de colores. Escuché que Bruno dijo: “La con… de tu madre”.

—¡Era un ambiente pesado! —dijo el chofer. Una sonrisa apareció en su boca, estaba esperando sangre.

—Fuimos caminando hasta la barra. Solo había cerveza caliente, gaseosa caliente y, si querías, la servían con alcohol. Me acuerdo de que los precios eran baratos.

—¡Guajaja-Pfsshhh! —el chofer no soportó la risa y abrió la boca lanzando cientos de partículas y finos hilos de saliva contra el parabrisas.

—Pasaron quince minutos y Bruno desapareció. Nos miramos con Matías y encogimos los hombros. Empezamos a dar vueltas para buscar chicas lindas. Pero lo único que yo podía ver eran espaldas. Matías era más alto; le dije que si veía a la del mechón rojo me avisara. En un momento escuchamos un: “¡Hola!”. Era un grupo de chicas que miraban a Matías con interés. Me paré a su lado con una sonrisa que había ensayado en el espejo durante una semana. En esa época tenía los dientes torcidos, hasta que me puse aparatos para enderezarlos.

—Me hacés acordar cuando yo iba a bailar —dijo el chofer.

—Todo iba bárbaro para Matías. A mí me gustaba una de ellas, le pregunté cómo se llamaba, pero no me contestó; tal vez no me escuchó por la música. Tomé aire y le pregunté casi gritando en el oído. Justo en ese momento la música se detuvo y la chica se asustó de mí. En el otro extremo del galpón escuchamos un grito: “¡¿Qué venís a sacarme la mina?!”. Luego se rompió una botella y otro grito: “¡Te corto todo, hijo de puta!”.

—¡Se armó! —dijo el chofer, moviendo los dedos sobre el volante con la mirada fija en la ruta.

—Matías vio que alguien se movía rápido entre la gente y me gritó: “¡Es Bruno!”. Mis pelos se erizaron. Pensé: acá nos matan. Matías giró para salir del galpón a toda prisa, pero antes la chica con la que estaba hablando le agarró la cara y le dio un beso en los labios. Yo giré la cara hacia la chica que no me había dicho su nombre y puse los labios como el pico de un pato, pero ni se acercó. Cuando me di cuenta, mi amigo ya había empezado a moverse entre la gente y yo lo agarré de la camisa. Corría atrás de él con el brazo estirado hasta que tropecé con un pliegue de la alfombra. Caí y solté a Matías.

El taxi estaba girando por la rotonda para conectar con la autopista que me llevaba al aeropuerto. Los recuerdos habían instalado un gusto amargo en la boca y el pecho se me había cerrado. Tal vez era una mezcla de miedo por abandonar el país, mi pasado, la incertidumbre de lo que me depararía el destino. Había imaginado mil veces este momento, pero nunca imaginé que el aire se pondría tan denso, pegajoso, como si no quisiera que me moviera.

—¿Qué pasó después? ¿Te agarraron? —preguntó el chofer y me despertó de mi pequeño trance.

—Al otro día, cuando volví a ver a Matías y Bruno, me abrazaron, frotaron mi cabeza llena de rulos y gritaban mi apodo: “¡Petiso, Petiso!”. Me contaron que cuando alcanzaron la calle corrieron diez cuadras hasta la ruta y tomaron el primer colectivo que pasaba. Sucedió que Bruno vio a una chica en minifalda con piernas torneadas por los dioses, así que le fue a hablar, pero era la novia del DJ. Ellos pensaron que yo también había escapado. Pero no fue así —dije, mientras bajaba la ventanilla y saqué la nariz para afuera. Necesitaba tomar aire fresco.

El taxi se sumó a la cola de automóviles que, a marcha lenta, esperaban pasar la barrera para ingresar al aeropuerto. Miré al costado y, en otro taxi, había una pareja con valijas y mochilas. Sonreían; él la abrazaba y le daba un beso. Traté de imaginar su historia y también los envidiaba. Tal vez yo podría haber estado igual que ellos. En dos minutos no vería más al chofer y no quería despedirlo sin que escuchara el final, y yo sin poder contárselo a alguien.

—Estando en el piso, alguien me tiró del pelo hacia atrás y me alzó. Imaginé que después venía una trompada en medio de la nariz. Pero era ella, la chica con el mechón rojo. Me tomó de la chomba y me arrastró entre la gente. Me dijo: “Quedate conmigo así no te ven”. Me quedé en silencio, miraba a mi alrededor pero no veía nada, solo brazos y espaldas; todo estaba sucediendo fuera del galpón. Ella, en cambio, no quitaba la mirada de mí. Le di las gracias, le dije cómo me llamaba y le pregunté por su nombre. Me respondió: “Estrella”. Cuando la música volvió, salimos a la calle. Observé que en la parada del colectivo había gente esperando. Me dirigí allí, pero me detuve y volví hacia ella. Quería preguntarle si quería ser mi novia, pero solo abrí la boca y volví a cerrarla. A mis espaldas escuché que el colectivo se detuvo y abrió la puerta. Ella me dijo que trabajaba en una verdulería en la ruta, donde ahora está el barrio privado. Que la fuera a buscar. Se lo prometí y corrí hacia el colectivo. Subí y me quedé pegado a la ventanilla, observando cómo la oscuridad disolvía su cuerpo.

—Llegamos —dijo el chofer, y mientras me cobraba el viaje me preguntó—: ¿La volviste a ver?

 —No.

El chofer encogió los hombros e hizo una mueca con la boca. Subió al taxi y se sumergió entre cientos de automóviles que querían irse.

Miré mi reloj: era medianoche y estaba volando a nueve mil metros de altura. La historia se repetía en mi cabeza una y otra vez. Me tomé la frente y la apreté con los dedos. Una puntada en medio de las cejas anticipaba una jaqueca. Miré por la ventana y solo vi una estrella. La seguí con la mirada y, mientras el avión avanzaba, me prometí que la próxima vez no me quedaría en silencio.

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